‘Después de Kim’ invita a creer en las segundas oportunidades en un mundo cosmopolita cada vez más hostil
Cuanto más mayores nos hacemos, menos tiempo tenemos de reinventarnos. De atrevernos a sacar la maleta y echar por tierra nuestro armario. Cuanto más mayores nos hacemos, el tiempo que perdimos, lo invertimos tristemente en pensarlo: todas las oportunidades que se nos escaparon mientras el mundo seguía su cauce. Ese mundo cambia desde la última vez que lo vimos, sin contar con nosotros.
Sobre el mundo que no reconocemos, que se nos hace grande y nos hace pequeños, se agiganta para aquellos que entran en la tercera edad, llenos de heridas que dejan marca y no cicatrizan. Lo más interesante de Después de Kim es la asimilación de la derrota vital: el exterior se ha vuelto enrevesadamente digital para anteriores generaciones y, al salir al patio para tocarlo con la yema de los dedos, los apellidos se confunden y el espíritu de vecindad se ha vendido por una hamaca en la arena. El retrato de Benidorm, igualmente luminoso como todos conocemos, es un escaparate hostil donde la noche es un escondite centelleante de luces de neón.
Después de Kim funciona mejor como drama del tiempo perdido
Ángeles González-Sinde, directora de esta película basada en su propia novela, devuelve en imágenes la desolación y la pérdida: frente a apartamentos y locales que gobiernan de manera impertérrita la línea de playa, la casa de nuestros personajes y la de su hija Kim permanece vacía, reclamando la vida que han perdido y la atención que dejaron de prestar.
Cuando la película de González-Sinde se desvirtúa es cuando se resiste a abandonar el thriller de arranque. La búsqueda desesperada de esta expareja por resolver el asesinato de su hija no se muestra interesante como fin del conflicto, sino como trampolín a desenredar sus desavenencias. Un concepto muy en la línea del fascinante cine de Michalengelo Antonioni: ante la desaparición irresoluble del ser querido, ¿qué otra cosa podemos hacer? En este caso, considero que el enemigo se vuelve amenazante en su ausencia. En el momento que lo recupera, la película pierde su impacto fruto de una resolución que invita al reencuentro y las segundas oportunidades.
Dario Grandinetti eleva la película con su impronta cómica
Tradición del Festival es contar con interpretación fabulosa de Darío Grandinetti, aquí regalando un personaje que en su carácter soez y malhablado aporta un tono sorprendente de comedia al puro estilo asiático. Complementado de maravilla con su compañera Adriana Ozores, más serenada y retraída, esta pareja divorciada representan dos formar de enfrentar el dolor: la ira o la apatía, la violencia verbal ante un mundo que no parece comprenderle y la huida ante el sentimiento de sentirse culpable.

