Altas Capacidades
'Altas Capacidades', película presentada en Sección Oficial / Festival de Málaga
Cine

‘Altas Capacidades’ saca carcajada de la clase media sin el reposo necesario para el drama final

La clase media es aquella que tiene el suficiente dinero para vivir pero no el necesario para presumirlo. O lo que es lo mismo: no tienen el dinero suficiente para compensar un matrimonio de mierda. Categórica, ácida, con mala leche, los términos que definen Altas Capacidades, de Víctor García León, donde una pareja desesperada de soluciones ante una rutina estancada se debaten entre dos marrones, gastarse el dinero que no sobra en un colegio privado para su hijo y/o gastar tiempo en engendrar otro hijo que, de momento, también sobra.

Una comedia que sabe hacer reír con inteligencia

La película, presentada en Sección Oficial, tiene el potencial de ser un hazmerreír merecido para el público promedio, con innata predilección a humillar a los ricos. Y más aún: a los que lo intentan sin conseguirlo. Con un desvergonzado cuerpo de sátira, desfilan los estereotipos de la clase media: oficinas resguardadas en impecables rascacielos y trabajos de etiqueta sostenibles se componen de narcisistas que hablan anglicismos con el convencimiento de ser inclusivos, como si el idioma del clasismo hubiera mutado su abecedario. En la búsqueda del estatus imaginario se toman decisiones en nombre de los hijos.

Marian Álvarez e Israel Elejalde componen un dúo protagonista histórico en su repelencia, tan aburridos de si mismos que proyectan sus necesidades no cubiertas en la ignorancia de sus pequeños. Antes nos preguntábamos de dónde salen los malcriados, Alicia y Gonzalo nos responden: de la libertad que se tiene por parte de aquellos que no te hacen ni caso. Cuando la responsabilidad llama a la puerta, nadie contesta. Tener esa conversación incómoda se vuelve una tarea pendiente, mientras los hijos, teóricamente reflejo de sus padres, hacen lo que escuchan.

La clase media y el juego visual de las apariencias en Altas Capacidades

El director es consciente de esta farsa, un circo de máscaras que se exhibe de manera áspera y grisácea hasta chocar visualmente con pasillos infantiles llenos de color. La puesta en cámara, deliberadamente estática, muestra a unos cincuentones en cárceles de oro, sin movilidad y con acentuada separación en el plano general cuando se trata de la pareja. Personas que en su intento de escalar a un lugar que no les corresponde se caen de donde han venido. Y conscientes de su teatral ridículo, confirman lo separados que están el uno del otro. Eso no se arregla con más dinero.

Sin embargo, el tercer acto de Altas Capacidades pide frenar la sátira y centrarse en el drama, una asumida derrota que solo tiene salida en la reconciliación, pero no lo hace: mantiene e incluso elevando su autoconvencida parodia hasta el último plano, perdiendo la oportunidad de un resultado más reflexivo y compacto. Por momentos la película hace el amago, pero se delimita a entender la carcajada como el único recurso que permite reflexionar sobre las desgracias propias y ajenas. Complementar ambos tonos, nunca tarea sencilla, demuestra una verdadera alta capacidad al alcance de pocos.

Miguel Robles
Periodista y gestor de cuentas en marketing digital, ha cubierto el Festival de Málaga en medios como La Opinión de Málaga y Cine Nueva Tribuna.

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