Aída y vuelta
El elenco de 'Aída y vuelta' / Jorge Fuembuena
Cine

‘Aída y vuelta’: cuando volver no significa repetir

Vivimos en la era de la nostalgia. Series como Los Protegidos o Física o Química, personajes como Superman y bandas como La Oreja de Van Gogh han tenido sus respectivas vueltas. Los fans celebran la posibilidad de ver, aunque sea una vez más, aquello que les transporta a una época más feliz. Por supuesto, Aída no iba a ser menos. Paco León ha tomado los mandos de Aída y vuelta, el salto a la gran pantalla de aquella sitcom que tantas carcajadas provocó en los hogares españoles durante diez temporadas.

La primera sorpresa de esta película llega con los créditos iniciales: no, no es un nuevo capítulo de la serie. El programa terminó en junio de 2014 y así se mantiene; tuvo su capítulo final y resulta digno respetar aquel buen cierre. Aída y vuelta es un proyecto mejor que lo que podíamos imaginar, toda una carta de amor a las series diarias, las que reúnen a toda una ciudadanía delante de la televisión, y a los actores que trabajan en ellas. Es, también, el retrato del trabajador quemado y del miedo a salir de la zona de confort.

A partir de ahí, León apuesta por una estructura metanarrativa que juega con la realidad y la ficción de forma segura. Los actores se interpretan a sí mismos mientras reflexionan sobre el peso de sus personajes, el paso del tiempo y la dificultad de desprenderse de un éxito que marcó sus carreras, ese temor constante a quedar «encasillados». El humor sigue presente, pero ahora convive con una melancolía consciente, casi generacional, que observa cómo han cambiado la televisión, el público y los propios límites de la comedia. Aída y vuelta no busca solo hacer reír, sino que invita a pensar qué implica volver cuando ya no somos los mismos.

Actores frente a sus propios fantasmas

Aunque todos tienen su momento de gloria, Carmen Machi y Miren Ibarguren deslumbran en esta historia. La primera, sin cuya presencia no existiría el spin-off de 7 vidas, está atrapada en el personaje de Aída y salir de ahí parece una misión imposible. La necesidad de cambiar de rumbo explota en torno a su salud, tanto la física como la mental. La inteligencia artificial aparece como posible solución -tan a la orden del día- y los entramados empresariales solo ponen trabas al objetivo de la actriz. Durante la narrativa, surge un enfrentamiento contra León que, al traspasar la pantalla, parece perdonar a Machi por ausentarse de la serie original durante varias temporadas.

La vasca, en cambio, hace frente al machismo de la industria y a la cancelación en redes sociales. Aída y vuelta está situada en 2018, en pleno auge del movimiento #MeToo, e Ibarguren lanza un grito firme contra los abusos normalizados. Su trama conecta con la precariedad emocional de quienes intentan mantenerse fieles a sí mismos en un sistema que exige complacencia. Mujeres idealizadas, a las que no se les permite engordar ni envejecer y a quienes se les pide silencio. Ibarguren aporta, así, verdad y dignidad a un conflicto que trasciende la ficción.

Por otro lado, Eduardo Casanova encara el secreto que desveló hace tan solo unas semanas: su convivencia con el VIH. El filme rompe con el estigma y fantasea con cómo podría comunicarlo al mundo. Y así fue. Además, pone sobre la mesa problemas actuales como la homofobia y retrata la violencia cotidiana de un público hostil con el que puede encontrarse en cualquier momento y lugar.

La nostalgia mira de frente en Aída y vuelta

León, quien participa delante y detrás de la cámara, demuestra en Aída y vuelta una dirección consciente, afectuosa y notablemente lúcida. Su mirada no se limita a explotar la nostalgia, sino que entiende el material original y lo revisa desde la madurez, respetando tanto a los personajes originales como a los actores que los encarnaron durante años. El andaluz equilibra con habilidad el tono cómico con la reflexión metanarrativa, dejando espacio al silencio, al desgaste y a la emoción sin perder el pulso popular. De hecho, el largometraje parece tan real que se acerca al falso documental. Si todo esto hubiese llegado a ocurrir, por supuesto.

En su conjunto, Aída y vuelta funciona como una despedida consciente y madura, más interesada en mirar hacia dentro que en repetir fórmulas del pasado. León entiende que la nostalgia solo tiene sentido si dialoga con el presente, y construye una película que abraza el recuerdo sin quedarse atrapada en él. El filme alterna humor, autocrítica y emoción con una sorprendente honestidad, permitiendo que los personajes -y los actores- se reconcilien con lo que fueron y con lo que son ahora. Volver, aquí, no es retroceder, sino cerrar heridas pendientes.

Ana Laura Palacios
Graduada en Periodismo por la Universidad de Málaga. Periodista especializada en cine y música. Actualmente también puedes leerme en Neo de La Vanguardia, donde escribo sobre tecnología. También pasé por EFEverde (Agencia EFE) y TimeJust.

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