I Care A Lot
Rosamund Pike es Marla en 'I care a lot' / Seacia Pavao (Netflix)
Cine

‘I care a lot’: feminismo chic para votantes de Díaz Ayuso

Un pero constante. Uno no consigue deshacerse del dichoso nexo adversativo durante el visionado de I care a lot (2021), por muchas concesiones que quisiera hacer motivado por las buenas actuaciones por parte de su elenco. Rosamund Pike, Peter Dinklage, Eiza González y Dianne West convierten sus interpretaciones en un muro defensor contra la defenestración absoluta de la tercera película de Jonathan Blakeson como director.

La premisa es interesante y estimulante. Pike da vida a una estafadora que, amparada en una laguna legal, consigue hacerse pasar por una tutora entregada al bienestar de los ancianos de los que dice preocuparse y cuidar, cuando lo único que busca realmente es enriquecerse rápido gracias a la administración del capital y los bienes de sus clientes, a los que ingresa en una residencia con el apoyo de un poder judicial fácilmente manipulable. Sin embargo, comete un error garrafal al cometer sus habituales fechorías con una señora (West) que resultará ser la madre de un mafioso (Dinklage), lo que provocará que ambos se enzarcen en una guerra entre villanos.

El problema de I care a lot radica en que, pese a mantener un ritmo endiabladamente entretenido debido, en gran parte, al filón que es presentar un duelo entre personajes amorales a los que solo les preocupa la pasta, el guion de Blakeson hace aguas conforme avanza la trama. Todo está encauzado a engrandecer la figura de la protagonista, la cual consigue sortear todo tipo de obstáculos pese a su inferioridad en cuanto a medios e infraestructura en el mundo del hampa en comparación con su némesis.  Esto no es per se algo negativo. Llevamos disfrutando siglos con historias tipo David contra Goliat. El hándicap reside en que Blakeson no resuelve los entuertos de su antiheroína con elegancia y verosimilitud, sino mediante recursos burdos como simples golpes de suerte o torpezas en la logística de los malosos.

Todo parece girar en demostrar lo badass que es su protagonista, una mujer fuerte —cada vez que se usa este término pierde significado— y despiadada, una loba con piel de oveja. Intentando evitar que su personaje llegue para el espectador a un punto de no retorno en su repugnancia pese al atractivo que le infiere Rosamund Pike, su creador se vale de todo, desde trampeos de guion hasta sentencias de supuesto empoderamiento con aires a lo —¡puaj!— Ana Milán.

Diciendo esto va a parecer, una vez más, que vengo a ser el típico varón blanco heterosexual al que le molestan los personajes femeninos empoderados de sexualidad no normativa. En fin, nada más lejos de la realidad: ojalá los personajes hubieran sido unas radfems de tomo y lomo, pero no es así. De hecho, incluso la película hubiera sido más de mi agrado si hubiera mantenido el halo de batalla entre canallas sin un ápice de empatía ni redención, como pura partida de ajedrez donde el juego sucio está permitido de entrada. Prefiero una falta de justificación de las acciones de los personajes que una amalgama de frases panfletarias filtradas por la fantasía lésbica de alguna pija que acabará votando a Díaz Ayuso.

Ahora va a parecer que hago el peor mansplaining posible, que vengo a pregonar lo que es el verdadero feminismo desde la atalaya de mis privilegios. Es posible, pero es que ya me vienen repateando hasta la médula los discursitos de género esgrimidos por autores poco interesados en las reivindicaciones a las que supuestamente apelan, causas nobles que se ven fagocitadas precisamente por el sistema al que intentan derrocar, el cual acaba defecando productos mediocres que consume feliz y ávidamente un público deseoso de participar de la tribu virtual poseedora del enésimo eslogan roeconciencias de moda.

Manu Collado
Empresario de lo inútil.

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