La casa del caracol
Javier Rey y Paz Vega en 'La casa del caracol' / Festival de Málaga
Cine

‘La casa del caracol’ o por qué ignorar a FilmAffinity

Me gusta defender La casa del caracol. Quizá sea porque Macarena Astorga ha incluido en su ópera prima a diversos actores de la escena malagueña con los que he compartido tablas y por los que siento cariño. O tal vez sea porque considero que un buen amigo ha crecido mucho en el terreno de la creación cinematográfica gracias a formar parte de su equipo de arte. También puede ser porque, si comparo la actitud humilde y agradecida de esta directora con la del arrogante Ezekiel Montes -también boquerón aunque se asemeje más a un besugo- durante sus respectivas ruedas de prensa del recién pasado 24 Festival de Málaga, Astorga se me presenta como la alternativa real al destino habitual que sufren los cineastas locales: quedar tan respetable como tristemente relegados a una distribución autonómica.

Valoro el pudor con el que Astorga respondió en el Teatro Cervantes a la trillada pregunta sobre los referentes en su película. Es muy consciente de que Kubrick la acompaña y la supera, que la sombra de los maestros continúa siendo alargada, casi inalcanzable. Cualquier otro, habiendo elaborado una cinta muy inferior a la suya, se vanagloriaría de no tener ningún autor en quien apoyarse y le dedicaría todo el escaso valor de su film al peso de sus genitales. Sin embargo, ella prefirió con dignidad respetar la ruta lúcida de los que sabe que son todavía mejores que ella, asumiendo que aún es una aprendiz con algo que enseñar.

¿Y qué nos está demostrando con La casa del caracol? Que es una realizadora competente que en el futuro, quizá con un guion con menos torceduras de tobillo en su transitar argumental, podrá redondear con mayor acierto una historia sin fisuras. La que aquí nos ocupa es, sin duda, estimulante: un escritor (Javier Rey) llega a un pueblo andaluz dejado de la mano de Dios donde querrá llegar al fondo del misterio del vímero, un monstruo de leyenda en el que creen los habitantes de la zona. Entre el terror gótico y el thriller, este relato becqueriano nos traslada a una atmósfera rural cuya opresión puede sentirse en cada fotograma. Esto se logra gracias a una efectiva composición de la imagen, heredera del romanticismo más tétrico impregnado de luz lunar en las escenas campestres y de las pinturas negras de Goya a la hora de retratar a los pueblerinos y sus ritos. Merece una especial atención la labor del departamento de maquillaje y peluquería, impecables en su tarea de recrear malformaciones en los cuerpos de ciertos personajes que acentúan el marco macabro propuesto.

Por otro lado, la labor actoral es correcta en su conjunto. Astorga consigue sacar jugo de una actriz irregular como Paz Vega y esta, a su vez, logra dotar a su personaje de solidez y cierto magnetismo pese a lo que parece una pobre construcción sobre el papel. Javier Rey cumple como protagonista fuera de su zona de confort como galán, si bien no se desprende de esta característica del todo, percibiéndosele cómodo pese a algún que otro exceso rabioso en este rol más visceral de artista atormentado. Cabe destacar, por encima de ambos, la interpretación de Norma Martínez, que junto a un también notable Carlos Alcántara, otorga al elenco del aroma a Perú que probablemente exigiría la coproducción con dicho país.

Es posible que La casa de caracol no alcance una nota alta en las webs de reseñas que tan cruelmente consultamos antes de decidir qué vemos este fin de semana en el cine. Sin embargo, aunque no encarecidamente, recomiendo su visionado. Estamos ante la carta de presentación de quien considero una directora para el futuro, que sabe lo que hace, que ha fraguado su técnica a base de esfuerzo y respeto por su profesión y que, tras muchas frustraciones, ha conseguido ofrecernos un primer largometraje de manufactura decente que no da pie al bostezo.

Manu Collado
Empresario de lo inútil.

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